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El DEET que repele mosquitos también puede atraerlos si lo usamos mal

Un estudio de Virginia Tech muestra que los mosquitos pueden asociar el olor del DEET con comida si lo huelen mientras se alimentan de sangre, convirtiendo un repelente en atrayente. La clave está en seguir las instrucciones de la etiqueta.

Publicado el 25 de julio de 2026, 14:55 hs

Mosquitos volando alrededor de un brazo con repelente DEET en un laboratorio
Xataka

Llevamos décadas confiando en el DEET como el gran enemigo de los mosquitos. Lo rociamos, lo untamos y confiamos en que su olor los mantenga lejos. Pero un nuevo estudio de científicos de Virginia Tech sugiere que, bajo ciertas condiciones, ese mismo compuesto puede volverse contraproducente y terminar atrayendo a los insectos en lugar de repelerlos.

El DEET (N,N-Dietil-meta-toluamida) es uno de los ingredientes activos más comunes en repelentes de mosquitos. Durante años se pensó que simplemente les resultaba desagradable. Sin embargo, los investigadores observaron que los mosquitos de la especie Aedes aegypti pueden aprender a asociar su olor con una recompensa: la sangre. Es un condicionamiento similar al famoso experimento de Pavlov con su perro.

En la primera fase del experimento, los mosquitos tenían acceso a un comedero con sangre. En una ronda solo olían aire limpio mientras se alimentaban. En otra, se liberó DEET en la jaula precisamente mientras estaban comiendo. Luego vino la prueba clave: un investigador introdujo sus dos brazos en la jaula, uno tratado con DEET y otro sin él.

Los mosquitos que solo habían olido aire limpio durante la comida evitaron el brazo con DEET, como era de esperar. Pero aquellos que se habían alimentado mientras percibían el repelente mostraron una clara preferencia por el brazo que llevaba la sustancia. Habían aprendido a vincular ese olor con la presencia de alimento.

Esto no significa que el DEET haya dejado de funcionar. A las concentraciones y frecuencias de aplicación correctas, sigue siendo un repelente efectivo. El problema aparece cuando la aplicación es insuficiente o ha pasado demasiado tiempo desde que nos lo pusimos. En esos casos, el mosquito puede llegar a posarse, alimentarse y, al mismo tiempo, registrar el olor residual del DEET. Esa combinación genera el aprendizaje por asociación.

Pensemos en términos humanos: si cada vez que oliéramos la basura nos dieran un premio importante, pronto dejaríamos de encontrarla tan repulsiva. Algo parecido ocurre aquí. El mosquito no “olvida” que el DEET es molesto, pero aprende que también puede señalar una buena comida.

Los autores del estudio insisten en que el hallazgo refuerza algo que ya sabíamos pero solemos ignorar: hay que leer la etiqueta. No todos los repelentes tienen la misma concentración de DEET, y por lo tanto no todos requieren la misma cantidad ni la misma frecuencia de reaplicación. Aplicar poco o reaplicar tarde puede crear exactamente las condiciones que el experimento reprodujo en el laboratorio.

Es importante aclarar que se trata de un estudio controlado. Los mosquitos estaban en una jaula, el DEET se liberaba en momentos muy específicos y las condiciones no replican del todo lo que ocurre en un patio de casa o en un camping. En la vida real, el olor del repelente está presente desde antes de que el mosquito se acerque, no solo durante la picadura. Por eso los investigadores mismos señalan que hacen falta más estudios para confirmar si este condicionamiento ocurre en entornos naturales.

Mientras tanto, el mensaje práctico es claro y bastante incómodo: el repelente solo funciona si lo usamos bien. Eso implica elegir un producto adecuado para la situación (concentración, tiempo de protección, zona del cuerpo), aplicarlo en la cantidad indicada y reaplicarlo cuando la etiqueta lo dice. De lo contrario, corremos el riesgo de entrenar a los mosquitos locales para que vean nuestro DEET como un cartel de “comida gratis”.

El estudio también nos recuerda que la relación entre humanos y mosquitos es más compleja de lo que parece. No se trata solo de química bruta; hay aprendizaje, memoria y adaptación. Y en esa ecuación, los hábitos de consumo y aplicación de los usuarios terminan siendo parte del problema.

Quizás sea momento de dejar de ver el repelente como un spray mágico que aplicamos de cualquier manera. Leer la etiqueta, por una vez, puede ser la diferencia entre repelerlos y, sin querer, invitarlos a cenar.

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