Historia Y Cultura

Los gases tóxicos en la Antigua Grecia: el ingenioso truco de humo que salvó Ambracia del asedio romano

Hace más de 2.100 años, los defensores de Ambracia usaron un dispositivo rudimentario de plumas quemadas para generar humo tóxico y repeler a los legionarios romanos que cavaban túneles. Un episodio documentado por Polibio que revela el uso temprano de armas químicas primitivas.

Publicado el 18 de julio de 2026, 14:20 hs

Reconstrucción histórica de un túnel subterráneo con vasija de humo tóxico y soldados romanos asfixiados
Xataka

Más de dos mil años antes de que los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial se llenaran de gas mostaza y cloro, en la Grecia helenística ya se experimentaba con sustancias irritantes para defender una ciudad. El caso mejor documentado ocurrió en Ambracia, la antigua polis que hoy corresponde a la zona de Arta, en el noroeste del país.

En el año 189 a.C., durante la guerra de Roma contra la Liga Etolia, el cónsul Marco Fulvio Nobilior ordenó el asedio de la ciudad. Las murallas resistieron los ataques directos, por lo que los romanos recurrieron a una táctica clásica: excavar galerías subterráneas para socavar los cimientos o irrumpir desde abajo. Los defensores, alertas, cavaron sus propios contraminados y prepararon una sorpresa.

Según relata el historiador griego Polibio en el libro 21 de sus Historias, los ambracios idearon un dispositivo sencillo pero efectivo. Colocaron una vasija de barro con un embudo de hierro relleno de plumas finas. Encendieron fuego en la boca del recipiente, lo taparon con una tapa de hierro perforada y dirigieron la salida de humo directamente hacia el túnel enemigo. Con fuelles avivaron las llamas para producir una humareda densa y acre.

El humo generado por la combustión de plumas en un espacio cerrado resulta particularmente irritante. Libera partículas finas y gases que provocan tos intensa, ardor en ojos y vías respiratorias, y en ambientes confinados puede llevar a la asfixia. Los legionarios que avanzaban por la galería quedaron atrapados en una nube irrespirable. Polibio describe su angustia: el humo era tan insoportable que no pudieron continuar ni retirar las lanzas que los defensores habían colocado para bloquear el paso.

La maniobra cumplió su objetivo. Obligó a los romanos a detener el ataque subterráneo y dio tiempo para que el cónsul y los líderes etolios negociaran. Aunque la ciudad resistió con ingenio, finalmente se rindió. Ambracia sufriría saqueos posteriores, primero por parte de Fulvio Nobilior y luego, en 167 a.C., por Emilio Paulo. Su declive culminó cuando Augusto trasladó a la población a la recién fundada Nicópolis. Para el siglo II d.C., el viajero Pausanias solo encontró ruinas cubiertas de hierba.

La historiadora Adrienne Mayor, especialista en tecnología bélica antigua, ha señalado que los griegos no conceptualizaban estas prácticas como “armas químicas” en el sentido moderno. Para ellos se trataba simplemente de un recurso de ingenio militar (mechane), una más de las artimañas disponibles frente a un enemigo técnicamente superior. El humo, el fuego y los olores nauseabundos formaban parte del repertorio de la poliorcética, el arte del asedio.

Este episodio de Ambracia no es el único antecedente. Fuentes antiguas mencionan el uso de humo, cal viva, azufre y sustancias irritantes en otros conflictos helenísticos y romanos. Sin embargo, el relato de Polibio destaca por su detalle técnico y por ser uno de los primeros en describir un sistema de entrega canalizado, casi un prototipo rudimentario de generador de gas.

Visto desde la cultura material actual, el dispositivo ambraciano resulta fascinante. Una vasija de barro, un embudo de hierro, plumas comunes y fuelles de cuero: materiales cotidianos convertidos en arma a través de un conocimiento preciso de las propiedades de la combustión y la ventilación. Habla de una época en la que el diseño de herramientas bélicas dependía más del ingenio local que de la estandarización industrial.

Hoy, cuando hablamos de armas químicas, pensamos en tratados internacionales, laboratorios prohibidos y debates éticos complejos. Pero la historia de Ambracia recuerda que la línea entre el fuego de campamento y el arma tóxica siempre ha sido delgada. El humo irritante sigue siendo, en esencia, el mismo principio que siglos después se perfeccionaría con gases de combate mucho más letales.

El caso también invita a reflexionar sobre la obsolescencia de las tecnologías bélicas. Aquel artefacto de plumas y barro cumplió su función en un contexto específico: túneles estrechos, ventilación nula y defensores desesperados. Fuera de esas condiciones, su efectividad habría sido limitada. Como tantos objetos de diseño militar antiguo, su “éxito” dependía tanto de la ingeniería como del momento y el lugar exactos.

Ambracia desapareció casi por completo del mapa, pero su historia sobrevive en las páginas de Polibio. Un recordatorio de que las armas químicas no nacieron en los laboratorios del siglo XX, sino que forman parte, desde hace milenios, del oscuro catálogo de recursos que los humanos han ideado para vencer a otros humanos.

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